chabeone
IES MONTE NARANCO
OVIEDO (Asturias)

Demasiado cerca del infierno

20 Febrero 2008 17:36
Una pared ,otra pared ,esto no se acaba.Esto no tiene sentido , no encuentro la salida y empiezo a sentir como si me quedara sin oxígeno y mi corazón quisiera saltar de mi pecho.
Pero ... no debo parar , no puedo parar ; cada vez oigo más fuertes las pisadas de mis perseguidores.
Por fin... he encontrado una puerta ,ojalá mi agonía haya llegado a su fin , agarré con mi mano temblorosa ;por el cansancio; el pomo desgastado de una puerta ,que milagrosamente se se mantiene en pie ,se oye el rechinar de las ya oxidadas visagras de la puerta y los resonantes pasos de los hombres que me persiguen.
-¡ah! -grité ,la luz de un sol que ya añoraba me cegó por unos instantes.Sentí como todo el mundo me miraba ,tal vez por mir ropas raídas o mi increíble delgadez , debida a la escasez de alimentos con los que he tenido que subsistir.
Salí más hacia fuera y contemplé la hermosa carcél en la que había estado encerrado ... ni siquiera se cuánto tiempo llevo encerrado ...mis escasos conocimientos llegan solo hasta la fecha en la que me encerrarón , 15 de julio de 1568.
De repente sentí una mano tocar mi esqueletico hombro , me sobresalté al ver quien era.
Palabras-reto: carcél | inocente | mentira
Valoración
Sheila S.C., COLEGIO LA SALLE | 20 Febrero 2008 21:44
Como un fantasma del pasado que se empeña en hacerme recordar los horrores vividos se alzaba ante mi el rostro de mi hermano gemelo MonteCarlo. Sus ropajes eran lujosos y su figura, antaño esbelta y atlética como la de cualquier joven, manifestaba en sobremanera su acomodado estilo de vida, como si el destino me hiciera una broma pesada mostrándome una imagen de todo lo que yo me perdí durante el tiempo que estuve preso.
El carro tirado por dos corceles negros nos condujo a la vieja mansión de la familia Capulleto. Entramos en la sala principal donde, para mi sorpresa, se encontraba toda mi familia: mis hermanas con sus respectivos maridos, mi padre, mi madre, mis sobrinos... incluso nuevas adquisiciones familiares que habían nacido durante mi estancia en la cárcel. Todos estaban tan elegantes con sus vestidos de gala y sus joyas... me sentí como un auténtico extraño en la que había sido mi propia casa. Pero entre toda aquella confusión y alegría hubo un rostro que me llamó la atención, un rostro que no podré olvidar jamás. Esa melena morena y ondulada cuidadosamente recogida sobre la cabeza, esos ojos verdes teñidos de una fuerza vigorosa que parece penetrar en el alma de quien tiene la osadía de mirarlos... María Elisabeth...
Era inconfundible. Aun habiendo pasado milenios la habría reconocido, en cualquier lugar, bajo cualquier aspecto, esos ojos eran inconfundibles, era mi preciada amiga, mi confidente, mi prometida.
El mundo pareció más alegre, pues en mi corazón sentí un estallido de emoción al recordar aquel amor inocente e infantil de hacía tanto tiempo. Y ella me miró de una forma pícara, como solía hacer antes, pero pude notar un atisbo de arrepentimiento en su mirada. Sin duda había valido la pena pasar por todo aquel infierno para ser capaz de ver el hermoso efecto que los años habían tenido sobre ella.
Pero cuan mayor fue mi sorpresa y mi disgusto al comprobar su avanzado estado de gestación y la forma cariñosa en la que mi hermano posó su mano sobre el hombro de ella.
Sentí un centenar de espadas clavándose en lo más profundo de mi corazón, desgarrando cada parte de mi ser, y en mi alma, como una daga, la esencia del amor que por ella sentía, por todo lo vivido, por todo lo que ya nunca viviría.
Qué macabro destino, que se empeña en darte todo lo que deseas para luego arrebatártelo de golpe.
Los días siguientes no fueron mejores, no conseguía adaptarme de nuevo a la vida de la alta sociedad; notaba a mi familia apartada, quizá cohibida por la presencia de un expresidiario; y mi eterno amor en brazos del que fue mi mejor compañero de juegos.
Sonreír y guardar las apariencias en público siempre había sido la norma básica de la nobleza, pero quién me había de decir que me vería a mí mismo guardando las apariencias en mi propia casa y ante mi familia, viviendo una mentira.
La situación se volvió insoportable al nacer mi sobrina María Teresa, el vínculo eterno que uniría a mi amada con mi hermano. Pero todo debo decirlo ahora, en esta carta: ese vínculo eterno no es tan fuerte como el que aún ahora nos une a mi y a María Elisabeth. Porque ahora sé que ella me ama, y sé que jamás ha dejado de hacerlo en lo más profundo de su corazón. Pero la norma es estricta: Guardar las apariencias. Los dos lo sabemos y yo no puedo continuar viviendo una mentira. Es por eso que hago lo que hago.
Y si no podemos estar juntos en esta vida, mi amor, es seguro que lo estaremos en la próxima. Hasta entonces, esperaré paciente desde la otra orilla, a las puertas del infierno, el momento de volverte a ver.
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