SANTANDER (Cantabria)
Un reflejo, una utopía.
12 Febrero 2008 20:59
Como cada mañana, sin que sonara el despertador, juraba cambiar de vida. Rezaba algo por sus hijos, por sus nietos, por su difunta esposa. Era el único momento del día en el que gozaba de una juventud imposible de recuperar, volvía a convertirse en aquel tipo soñador de siempre, volvía a toparse con Su utopía, frente a frente, y él, más desnudo e indefenso que nunca. Ya ni si quiera sentía curiosidad hacía ella, ya ni si quiera daba la vida por intentar robarle un mechón de su rubia y larga cabellera, como hubiera hecho por los tiempos en los que empleaba las tardes enseñando a sumar y a restar, ya ni si quiera ella existía, se había esfumado.
Tras esta despedida sin decir adiós, retiraba las ásperas mantas que le proporcionaban el suficiente calor como para sumergirse en algún que otro sueño, calzaba sus chancletas, peinaba el poco pelo que le quedaba, acariciaba su imperfecta panza y se disponía a tomar el café, o lo que el cuerpo le pidiera. Descendía por las escaleras que lo llevaban hasta una chimenea, donde con un rudo movimiento de muñeca dejaba caer las colillas de la noche anterior, para que se fueran al infiero, para que las llevara el demonio, vaciando el cenicero y dirigiéndose hacía la cocina, lugar en el que podía servirse un café en una taza de procedencia Occidental, heredada de su abuela; o pegar un trago a su botella., sin un momento para titubear.
Arrastrando las chancletas consiguió traspasar, era entonces cuando al dar el primer paso, sus parduscos ojos, dirigían la mirada hacía el cristal, creía volver a ver la utopía que instantes antes le había visitado, su utopía.
Se perdía en el horizonte, ignorando el reflejo y dejándose llevar por la nostalgia de ese momento. Ahora cada golpe retumbaba en su cabeza; cada súplica, cada llanto o grito, cada muestra de dolor, inevitablemente, le hacían escuchar el eco de una vida material refugiado en una botella que nunca fue capaz de abandonar.
Entre cuatro paredes de piedra ahogaba su egoísta corazón, ahora frente a la chimenea. Nadie excepto ella supo apartarlo del abismo, ella, Su utopía, aquello que tantas veces se le aparecía y que no era capaz de reconocer, aquel reflejo en el cristal nublado y salpicado por la vejez, aquella quien le acompañaba por las calles de la juventud, aquella quien hoy se rinde a sus pies, quien le dice adiós.
Tras esta despedida sin decir adiós, retiraba las ásperas mantas que le proporcionaban el suficiente calor como para sumergirse en algún que otro sueño, calzaba sus chancletas, peinaba el poco pelo que le quedaba, acariciaba su imperfecta panza y se disponía a tomar el café, o lo que el cuerpo le pidiera. Descendía por las escaleras que lo llevaban hasta una chimenea, donde con un rudo movimiento de muñeca dejaba caer las colillas de la noche anterior, para que se fueran al infiero, para que las llevara el demonio, vaciando el cenicero y dirigiéndose hacía la cocina, lugar en el que podía servirse un café en una taza de procedencia Occidental, heredada de su abuela; o pegar un trago a su botella., sin un momento para titubear.
Arrastrando las chancletas consiguió traspasar, era entonces cuando al dar el primer paso, sus parduscos ojos, dirigían la mirada hacía el cristal, creía volver a ver la utopía que instantes antes le había visitado, su utopía.
Se perdía en el horizonte, ignorando el reflejo y dejándose llevar por la nostalgia de ese momento. Ahora cada golpe retumbaba en su cabeza; cada súplica, cada llanto o grito, cada muestra de dolor, inevitablemente, le hacían escuchar el eco de una vida material refugiado en una botella que nunca fue capaz de abandonar.
Entre cuatro paredes de piedra ahogaba su egoísta corazón, ahora frente a la chimenea. Nadie excepto ella supo apartarlo del abismo, ella, Su utopía, aquello que tantas veces se le aparecía y que no era capaz de reconocer, aquel reflejo en el cristal nublado y salpicado por la vejez, aquella quien le acompañaba por las calles de la juventud, aquella quien hoy se rinde a sus pies, quien le dice adiós.
Palabras-reto:
morir | soledad | cielo








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