silvia garcia canale
COLEGIO CUMBRES
SANTANDER (Cantabria)

Un reflejo, una utopía.

12 Febrero 2008 20:59
Como cada mañana, sin que sonara el despertador, juraba cambiar de vida. Rezaba algo por sus hijos, por sus nietos, por su difunta esposa. Era el único momento del día en el que gozaba de una juventud imposible de recuperar, volvía a convertirse en aquel tipo soñador de siempre, volvía a toparse con Su utopía, frente a frente, y él, más desnudo e indefenso que nunca. Ya ni si quiera sentía curiosidad hacía ella, ya ni si quiera daba la vida por intentar robarle un mechón de su rubia y larga cabellera, como hubiera hecho por los tiempos en los que empleaba las tardes enseñando a sumar y a restar, ya ni si quiera ella existía, se había esfumado.
Tras esta despedida sin decir adiós, retiraba las ásperas mantas que le proporcionaban el suficiente calor como para sumergirse en algún que otro sueño, calzaba sus chancletas, peinaba el poco pelo que le quedaba, acariciaba su imperfecta panza y se disponía a tomar el café, o lo que el cuerpo le pidiera. Descendía por las escaleras que lo llevaban hasta una chimenea, donde con un rudo movimiento de muñeca dejaba caer las colillas de la noche anterior, para que se fueran al infiero, para que las llevara el demonio, vaciando el cenicero y dirigiéndose hacía la cocina, lugar en el que podía servirse un café en una taza de procedencia Occidental, heredada de su abuela; o pegar un trago a su botella., sin un momento para titubear.
Arrastrando las chancletas consiguió traspasar, era entonces cuando al dar el primer paso, sus parduscos ojos, dirigían la mirada hacía el cristal, creía volver a ver la utopía que instantes antes le había visitado, su utopía.
Se perdía en el horizonte, ignorando el reflejo y dejándose llevar por la nostalgia de ese momento. Ahora cada golpe retumbaba en su cabeza; cada súplica, cada llanto o grito, cada muestra de dolor, inevitablemente, le hacían escuchar el eco de una vida material refugiado en una botella que nunca fue capaz de abandonar.
Entre cuatro paredes de piedra ahogaba su egoísta corazón, ahora frente a la chimenea. Nadie excepto ella supo apartarlo del abismo, ella, Su utopía, aquello que tantas veces se le aparecía y que no era capaz de reconocer, aquel reflejo en el cristal nublado y salpicado por la vejez, aquella quien le acompañaba por las calles de la juventud, aquella quien hoy se rinde a sus pies, quien le dice adiós.
Palabras-reto: morir | soledad | cielo
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Tags Tags: dolor | vicios | soledad
rebeca caviedes del estal, COLEGIO CUMBRES | 14 Febrero 2008 10:00
Puede que la vida de un alcohólico no tenga mucho de sorprendente, pero seguiré relatándola por si a alguien le interesa saber qué ocurrió para que la recondujera hacia una nueva realidad.
Pues bien, situémonos en una tarde de invierno de hace poco tiempo, a la que habían precedido otras no menos tristes en las que su única compañía fue la soledad de la casa en la que se encontraba. La chimenea, que ya no se esforzaba por dar calor, servía ahora para ver reflejados en las llamas todos los recuerdos de una vida llena de desengaños.
Caminó por la habitación, dudando llevar a cabo lo que había planeado, pero sería demasiado cobarde morir de una forma tan absurda, a fin de cuentas lo que no había conseguido el alcohol, no lo iba a hacer un frasco de pastillas, sin embargo puede que unas ganas descomunales de dejar este mundo parecido al modo en que lo encontró, tuvieran algo que ver en sus deseos de suicidio.
Después de plantearse si de verdad tendría el suficiente valor para hacerlo, aún creyendo que no, se convenció a si mismo y se sentó en su vieja butaca, echó sin cuidado alguno un culín de vino al vaso, abrió el frasco de pastillas y las colocó al lado. Dedicó un momento a pensar si tenía que hacer alguna llamada antes, pero decidió dejar el teléfono, que casi no había sonado en las últimas semanas, tal y como estaba. Apenas pudo conseguir coger un puñado de pastillas debido al temblor de su mano, pero lo hizo, se las metió en la boca y las saboreó como si fueran un exquisito manjar, lo último que iba a probar en su vida. Justo antes de darle un trago al vaso, miró por la ventana, a través de lo poco que quedaba sin empañarse, vio un trocito de cielo, gris, como últimamente había permanecido, puede que a él siempre le pareciera igual porque nunca se había detenido a mirarlo como ahora y fue entonces cuando después de tanto tiempo la volvió a ver, cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, cuando decidió dejarlo todo, escupir lo que tenía en la boca y humedecer por última vez sus labios en ese líquido rojo; todo esto, por supuesto, en unas milésimas de segundo en las que la pudo reconocer, en las que por fin supo qué era lo que de vez en cuando se le aparecía y se volvía a ir silenciosa y rápidamente, como había venido.
Oyó unos golpes en la puerta, pensó que era fruto de su imaginación, pero quien estuviera detrás de ella continuó insistiendo, se levantó todo lo rápido que pudo :
- ¿Quién es?
- Soy yo, ¿Me abres?
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ana martinez alberdi, COLEGIO CUMBRES | 14 Febrero 2008 10:27
Se asustó; justo como cuando aquel dos de febrero le comunicaron que su esposa había muerto, cuya voz él creía haber vuelto a escuchar. Era sorprendente que alguien como ella le visitara a estas alturas de su vida, pero aún más fuerte, fue su reacción. Con las manos temblorosas, como cuando enfrente de la chimenea y sentado en su butaca color carmesí se ausentaba de su rutina, palpó detenidamente la pared que se encontraba a su derecha, dejó que su cuerpo se desplomara sobre ella, apoyó su cabeza que no paraba de vagar por todo tipo de parajes, parajes en los que nacía el amor, amor que destruían sus vicios, vicios que le hacían dudar de verosimilitud de ese momento, momento que le volvía a dejar con la duda en los bolsillos y el silencio propio de la soledad, soledad de quien quiso huir buscando refugio en unos centímetros cúbicos de alcohol, alcohol que le hace volver a dudar de la verosimilitud de ese momento, ¿momento fruto de una vida dependiente de una droga?

Abrió los ojos y se incorporó de la gélida pared con un minúsculo impulso de sus aún temblorosas manos. Consiguió mantenerse firme y esta vez, impávido, volvió a mirar por el cristal, buscando en un primer instante la región que había quedado sin empañar, por la que divisó el cielo, por la que ahora esperaba encontrar un cabello rubio y largo, con el mismo tupé de siempre; por la que volvió a encontrarse con Su utopía. Pero en el cristal no halló nada de lo que estaba buscando, jamás hubiera esperado toparse con algo semejante, un mensaje escrito con la yema del dedo índice le decía: Ven, ahora sígueme.

Volvió a sentir miedo de morir sin poder descubrir la verdad, y se dispuso a buscar todos aquellos valores que necesitaba
para poder vencer aquella sensación que se había apoderado de él, algo que hubiera encontrado en su butaca color carmesí, en frente de la chimenea, contemplando el fuego, con las manos temblando. Una vida que ya no era ni vida. Como en los viejos tiempos, como, cuando acompañado por sus dos hijas, salían a pasear, tomó el cayado, calzó sus albarcas y tras un portazo, comenzó a silbar a su perro con la esperanza de que éste viniera corriendo con la lengua fuera, y entre sus piernas comenzara a juguetear, buscando una muestra de cariño de su amo, de esas que tantas veces había esperada y nunca había recibido. Ni él sabía hacia dónde le llevaban sus pasos, solamente miraba al cielo.
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